sábado, septiembre 25, 2010

Historia de un muñeco

Posted on 4:01 p.m. by Javier Vargas


Anuncian su llegada. Al instante se escuchan gritos de alegría de los niños, algunos saltan de emoción; y por tanto alboroto, una niña llora asustada. El payaso que acompaña a la animadora de la fiesta infantil, trata de calmar a la niña, se acerca y le regala un dulce, pero ella le da la espalda y abraza las piernas de su madre. El payaso, fiel a su estilo, trata de arreglar el momento. Mira a los asistentes, sonríe, y con una voz chillona dice: “Está emocionada la colorada, está emocionada”.

En otro ambiente de la casa, “Barney” está impaciente. Lo anunciaron, pero no lo llaman.

–¿Qué pasa, quién está llorando? –pregunta en voz baja.

–La dueña del santo –responde uno de los invitados a la fiesta.

Julio Rojas tiene 16 años. Hace un año que trabaja como “muñeco” de fiestas infantiles. Trabaja sábados y domingos. Gana 50 soles por fiesta. “Yo creo que soy el principal del show. Claro que el payaso y Mily (la animadora) paran más tiempo con los niños, pero ellos se emocionan más cuando me ven a mí pe’, Barni. Y también hago de “Tiguer” –sonríe orgulloso–, pa’ que veas”.

En la sala de la casa, un desafinado coro de niños grita el nombre del popular lagarto morado. Julio se pone la cabeza del muñeco, y tanteando las paredes con las manos, avanza. Es el más esperado por los niños. Mientras camina al centro de la sala, el payaso hace una solemne presentación: “Directamente de los Estados Unidos... el amigo de los niños... ¡Barni!”.

Todos lo quieren tocar. El muchacho, que no puede ver, sujeta la cabeza del muñeco con la mano izquierda, la alza ligeramente para no tropezarse. Al parecer los niños más listos y más grandes se han dado cuenta de ese detalle. Le jalan la cola, al mismo tiempo otro le aplasta la panza verde. El pobre muñeco gira en su sitio, por momentos tambalea, da un paso adelante, otro atrás… Barney está a punto de caerse por el acoso malicioso de los niños; pero las sonrisas y las carcajadas de éstos, hacen dudar al payaso si es oportuno ayudar a Barney.

Hay un intermedio en el show. Julio se dirige al baño. Se saca la cabeza de Barney. El dulompillo está caliente y húmedo. Su rostro, piel canela, está colorado, rojo. Hilos de agua bajan de sus sienes, se deslizan por su cuello y se pierden debajo de su polo blanco, que parece fuera transparente.

La anécdota de muñeco que más recuerda fue cuando un niño, en el intermedio de un show, lo siguió hasta el lugar donde se cambiaba, cogió la cabeza del muñeco y salió corriendo gritando: “Tengo la cabeza de Barni, tengo la cabeza de Barni“. El niño alzaba la cabeza del muñeco con las dos manos, la mostraba como si fuera un trofeo.

Acabó el intermedio. Julio, sentado en una silla, ya tiene el traje de Tiguer. Los niños lo están llamando. Se levanta. Se seca con una toalla. Sonríe. Mueve la cabeza mirando al piso. Suelta un suspiro profundo. “Allá voy”, dice.





Nota: Foto representativa. No corresponde al muchacho de la historia




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